|
|
|
GUAYANGAREO
|
|
|
|
|
Fueron los matlalzincas quienes poblaron, durante el siglo XIV ó XV, el valle de
Guayangareo, actual Morelia, con el consentimiento de un cazonci purépecha. No se
sabe, a ciencia cierta, la fecha de su llegada ni quién les concedió este territorio;
sin embargo, algunos historiadores coinciden en que se les otorgó como recompensa,
por haber participado en la defensa del Imperio Purépecha durante la invasión de
los tecos de Jalisco.
Ya instalados en este valle, cuyo nombre significa loma chata y alargada, los matlalzincas
recibieron el nombre de pirindas, o sea los de enmedio, por la ubicación del lugar,
al cual ellos llamaron Patzinyegui.
En el período virreinal arribaron a este lugar los franciscanos fray Juan de San
Miguel y fray Antonio de Lisboa, quienes formaron una escuela que llamaron de San
Miguel, donde enseñaban el catecismo, las primeras letras del castellano, música,
artes y oficios; a su vez, ellos aprendieron el idioma de los naturales. Con esto,
el valle entró en una etapa de notorio florecimiento.
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
VALLADOLID
|
|
|
|
|
El núcleo de los españoles avencindados en Michoacán, solicitó a la corona española
les cediera terrenos para fundar una ciudad; la reina Juana, en cédula del 27 de
octubre de 1537, se los concedió, y el virrey Antonio de Mendoza, para cumplir lo
ordenado por la soberana, eligió el valle de Guayangareo como sitio ideal para formar
esta nueva población, con el nombre de Valladolid.
Se distribuyeron solares y el alarife Juan Ponce hizo el trazo de la nueva entidad,
a la que se trasladaron sesenta familias de colonizadores, nueve frailes, y algunos
indígenas; el 18 de mayo de 1541, en el lugar donde hoy se ubica la plaza Valladolid,
se levantó el acta de su fundación.
Carlos I de España y V de Alemania, en el año 1545 otorgó el título de ciudad a
esta reciente población de La Nueva España, y en 1553, un escudo de armas.
Las autoridades civiles de la provincia de Michoacán se trasladaron de Pátzcuaro
a la ciudad de Valladolid, en el año 1580; y allí, al crearse las intendencias,
se estableció la cabecera de territorio, en 1787.
El surgimiento sociocultural de esta ciudad fue muy importante, no sólo dentro de
la evolución de Michoacán, sino para el desarrollo histórico del país.
|
|
|
|
|
|
|
|
|
CONTEMPORÁNEA
|
|
|
|
|
Conforme se acercaba el final del periodo virreinal, el crecimiento de la ciudad
de Valladolid se extendía hacia el oriente en torno a la calzada de Guadalupe y
el bosque de San Pedro, ambos son ejemplos importantes del desarrollo urbano de
la época.
La calzada de Guadalupe comunica la plaza de Villalongín con el templo de San Diego,
dedicado a la Virgen de Guadalupe. Esta calle peatonal se construyó con la finalidad
de servir para procesiones religiosas. Actualmente, el 12 de diciembre, los morelianos
visten a sus niños con ropa indígena de la región. La calzada se llena de niñas
con trenzas arregladas con listones de multicolor y niños con bigotes pintados,
quienes llevan ofrendas a la Virgen, mientras otros llegan al santuario caminando
de rodillas.
El pavimento y las bancas de la calzada se instalaron en el último cuarto del siglo
XVIII, dentro de un programa llevado a cabo por fray Antonio de San Miguel quien,
preocupado por la pobreza originada por la depresión económica, utilizó recursos
financieros de la Iglesia para crear empleos, jugando así un importante papel en
las mejoras de la calzada y la reconstrucción del acueducto.
El acueducto de Morelia había sufrido daños por temblor y, según documentos de archivo,
22 arcos se habían derrumbado. El abastecimiento de agua era irregular y urgía la
reparación de la arquería. Algunos autores atribuyen a fray Antonio de San Miguel
la reconstrucción total de la arquería, aunque estudios recientes indican que no
toda ella data del mismo periodo. Posiblemente, algunos tramos que anteriormente
habían sido de canoa de madera fueron reconstruidos con mampostería de piedra y
otros sólo fueron reparados.
|
|
|
|
|
|
|
Lo que hoy en día constituye el bosque Cuauhtémoc, al sur del acueducto, fue en
la época virreinal el barrio de San Pedro. Tenía su propia capilla y plaza, con
fama de abundancia de frutas y cultivos; era el lugar predilecto de los vallisoletanos
para el día de campo. A principios del siglo XVIII, la población indígena del lugar
fue diezmada por una epidemia, los pocos indios que quedaron cedieron sus tierras
al gobierno. Así, se creó el Paseo de San Pedro donde los ciudadanos podían pasearse
en carruajes o caminando entre los árboles. Uno de los cambios más notables en Morelia
durante el siglo XIX, fue el diseño de jardines para las plazas de la ciudad. Las
Leyes de Reforma que obligaron a la Iglesia a entregar al Estado gran parte de sus
propiedades, transformaron las ciudades en todo el país. Los atrios y huertos de
los conjuntos conventuales se convirtieron en plazas públicas y en muchos casos
se trazaron nuevas calles. Los nuevos jardines tenían diseños radiales con parterres,
siguiendo ejemplos franceses como Versalles. El patrón radial apareció también en
el ámbito urbano, en la traza de las calles al oriente de la ciudad. Así, Villalongín
sirvió de nodo para la intersección de cinco calles, incluyendo la avenida Acueducto.
A finales del siglo XIX la influencia francesa era notable en numerosos aspectos
de la cultura mexicana, siendo uno de ellos, por supuesto, la arquitectura.
En el centro de la ciudad la influencia del estilo francés se observa en los detalles
de ornamentación con guirnaldas y en otros motivos decorativos, mientras que en
el interior del templo de San Diego se dio un verdadero neobarroco que combina el
carácter inseparable de escultura y arquitectura, típico del rococó, con el colorido
trabajo de yesería. En el Paseo de San Pedro y en la Calzada, se construyeron casas
con detalles neogóticos, es decir "a la francesa".
En el siglo XIX el aislamiento de la ciudad virreinal quedó atrás. La llegada del
ferrocarril, del telégrafo y del teléfono acercó a Morelia a otras ciudades y la
transformó en muchos sentidos. La preocupación decimonónica por la higiene promovió
mejoras importantes en Morelia, incluyendo la instalación de un sistema para filtrar
el agua, la pavimentación de calles y la instalación de alumbrado público. A principios
del siglo XX la población, de 40,000 habitantes, podía recorrer su ciudad en los
modernos tranvías.
|
|
|
|
|
|
|
|
SIGLO XX
|
|
|
|
|
Ha sido testigo de un impresionante crecimiento en todas las ciudades mexicanas
y, Morelia no es la excepción. De 40,000 habitantes en 1910, la ciudad ha aumentado
su población hasta acercarse al millón a finales de siglo. Los cambios, en cuanto
al urbanismo y arquitectura, han sido tan vastos y tan veloces que es difícil resumirlos,
sin embargo, hay tendencias generales que se pueden señalar.
Uno de los primeros fenómenos al entrar el siglo XX fue la aparición de fraccionamientos
o subdivisiones grandes que conformaran colonias fuera del centro de la ciudad.
En el caso de Morelia, uno de los primeros fue la colonia Vasco de Quiroga, seguido
por otras subdivisiones de tierras agrícolas para ser incorporadas a la ciudad,
como es el caso de Rancho del Aguacate, que se convirtió en la colonia Cuauhtémoc,
al sur del Bosque del mismo nombre.
Después de la Revolución de 1910, en la ciudad de México surgieron algunos grupos
de intelectuales y artistas que tenían la inquietud de crear expresiones artísticas
verdaderamente mexicanas, para la cual buscaban inspiración en distintos periodos
del pasado nacional. Así surge el fenómeno del muralismo en la pintura, se compusieron
piezas de música clásica inspirada en ritmos populares y en arquitectura surgieron
corrientes como el neoindigenismo, el estilo neocolonial y el movimiento de integración
plástica.
|
|
|
|
|
|
|
En Morelia, estas corrientes tuvieron poca difusión y en general, llegaron en forma
tardía. El neoindigenismo estuvo presente en detalles decorativos desde el periodo
porfirista, lo atestigua la ornamentación ejemplificada en los medallones con rostros
indígenas y penachos de plumas que ostenta la fachada del hotel Los Juaninos. El
jardín Azteca, con sus réplicas a pequeña escala de esculturas náhuas es muestra
de la inquietud de revalorar el pasado mesoamericano propio del periodo. Detalles
de este tipo están presentes en otros edificios virreinales, sin embargo, no se
utilizaron con la misma conciencia ni con la misma finalidad nacionalista que en
el periodo posrevolucionario.
El estilo neocolonial fue una corriente arquitectónica que surgió desde finales
del siglo XIX en casi todos los países de América. Tuvo diferentes expresiones que
van desde el estilo misión californiana, en Estados Unidos, hasta las corrientes
decorativas de Argentina. En México, esta tendencia que buscaba una arquitectura
mexicana, curiosamente se inspiró en el barroco colonial, aplicando una gran variedad
de elementos decorativos a las blancas fachadas de las casas de los nuevos desarrollos
suburbanos. En el caso de Morelia, su auge fue tardío, en los años cuarenta y cincuenta,
pero algunos afirman que nunca desapareció. Uno de los proyectos más notables en
este ámbito fue El Conjunto de las Palmas. Este grupo de viviendas se encontraba
sobre la avenida Acueducto y como lo indica su nombre se caracterizaba por las palmas
que se plantaron en la calle, que seguramente deben su existencia a alguna revista
de arquitectura Hollywoodense de la época. De este conjunto quedan únicamente dos
ejemplos intactos, pero por varias colonias de la ciudad hay otras casas que muestran
las particularidades de este estilo, que pueden resumirse de la siguiente forma:
|
|
Fachadas lisas, usualmente blancas, con adornos en cantería y ladrillo o tabique
extruido y cubiertas de teja.
|
|
Uso de detalles decorativos provenientes del barroco local como pilastras tablereadas,
cornisas y columnas salomónicas.
|
|
La casa se ubica al centro del predio, rodeado por jardín, con una planta compacta,
no de patio central. Con alguna frecuencia aparece la palmera como elemento distintivo
de jardinería.
|
|
La relación con el exterior se articula por medio de terrazas en planta alta y porches
en planta baja.
|
|
|
|
|
|
|
|
|
CIUDAD RELIGIOSA
|
|
|
|
|
El gran número de templos en el centro de Morelia atestigua la religiosidad de su
población en la época virreinal. Es importante indicar que las distintas funciones
que tenían los templos dieron como resultado características arquitectónicas diferentes.
Antes de la fundación de la ciudad, los franciscanos establecieron en el valle de
Guayangareo un convento con la finalidad de evangelizar de la población indígena
del lugar. El exconvento de San Francisco, que en la actualidad alberga la Casa
de las Artesanías, tenía los componentes típicos de un convento del siglo XVI, tales
como el atrio, el claustro, el templo, la capilla abierta y los huertos; el conjunto
ocupaba importantes extensiones de terreno. En el mismo caso estaban los conventos
de San Agustín y de la Orden del Carmen, los cuales abarcaban varias manzanas, creando
el paisaje característico de la ciudad virreinal, con grandes enclaves de conjuntos
religiosos delimitados por bardas.
|
|
|
|
|
|
|
Los atrios, que se han convertido en plazas, cumplían con varias funciones: ahí
se llevaba a cabo la misa, se realizaban procesiones religiosas, se enterraba a
los difuntos y se educaba a los niños. Los indígenas mesoamericanos tenían la costumbre
de realizar sus actividades al aire libre, dentro de espacios abiertos delimitados;
así el atrio funcionaba como un elemento familiar al indígena pues, durante los
primeros años después de la conquista, lo identificó con su espacio sagrado. La
planta baja de los conventos masculinos contaba con espacios como la sala capitular,
el refectorio y la cocina, mientras en la planta alta se ubicaban las pequeñas celdas
que servían de dormitorio a los frailes.
La ciudad de Valladolid también contó con conventos femeninos. Para la mujer virreinal,
entrar a la vida del claustro era una opción que le proporcionaba una vida tranquila
y le confería jerarquía social a su familia. En algunos casos, la entrada al convento
era resultado de una acción disciplinaria, en otros respondía a motivos personales
como el deseo de buscar la tranquilidad al quedar viuda o de vivir una vida contemplativa.
Para tener el honor de que una hija ingresara en el convento, el padre pagaba una
dote.
El convento también funcionó como escuela de niñas, donde se brindaba la educación
básica, instrucción en canto y música sacra, además de los menesteres femeninos
como la costura y el bordado. Las niñas vivían en el convento, en algunos casos
las recibian a condición de servir a la comunidad o a alguna monja en particular.
Las monjas de familias adineradas tenían sirvientas que vivían dentro del convento.
Se intentaba encaminar a las doncellas hacia la vida religiosa pero al término de
su educación tomaban la decisión de profesar o de volver a la vida pública.
|
|
|
|
|
|
Las monjas solían oir la misa desde atrás de una reja ubicada entre el sotocoro
y la nave, donde no podían ser vistas por los que acudían a la iglesia. Algunos
autores dicen que la doble portada de los templos de monjas obedece a que por una
de las puertas entraban las mujeres que iban a profesar, quienes nunca más saldrían
del convento. Parece lógico considerar que la doble portada tenía la función de
permitir el movimiento procesional con la entrada y salida de personas al templo,
la disposición de estas iglesias generalmente es paralela a la calle, no perpendicular,
para poder separar el coro y el sotocoro de la nave y aislar a las monjas.
Una vez que la mujer profesaba, la vida era de encierro, regida por los horarios
de rezos y los quehaceres domésticos. A las monjas de Puebla se les atribuyen suculentos
platillos mexicanos, a las de Morelia habría que reconocer sus habilidades en la
costura y el bordado. La función educativa del convento es notable en el partido
arquitectónico que incluye un patio.
|
|
|
|
|
|
|
|
ARQUITECTURA
|
|
|
|
|
Las calles de Morelia están definidas sobre todo por los paramentos continuos de
sus casas, aunque a veces la majestuosidad de sus templos y palacios haga olvidar
estas muestras de la arquitectura habitacional. Sin embargo, la construcción doméstica
formaba la mayor parte del espacio urbano de la Valladolid virreinal y es la que
actualmente le da su carácter típico a la ciudad.
Como sucede en la mayoría de las urbes americanas, una de las características típicas
de Valladolid era la amplitud de sus espacios, tanto exteriores (notable en calles
y plazas) como interiores. La arquitectura doméstica estaba ordenada en manzanas
que constaban de cuatro solares cada una (50 varas cuadradas era lo común). Por
lo general, las casas se desplazaban en una sola planta, dando un aspecto de horizontalidad
a la ciudad que contrastaba con el carácter vertical de las poblaciones europeas contemporáneas.
La disposición arquitectónica de los espacios, en su mayoría, se organizó en torno
a uno o más patios centrales o laterales. El sistema de circulaciones está compuesto
por tres elementos: el zaguán, los corredores perimetrales y el patio, todos expuestos
al aire libre por lo benigno del clima local. El zaguán comunica a la calle con
el patio central, separado de éste por una reja. Como tradición, se mantiene la
puerta principal abierta durante el día y los transeúntes pueden disfrutar de la
vista de los coloridos patios. Los corredores sirven para colocar sillas y sentarse
a "tomar el fresco" entre las macetas de azaleas.
|
|
|
|
|
|
|
En cuanto a las construcciones grandes y su distribución, el zaguán se abre al patio
en el eje central, aunque es más común que se abra al patio pegado al muro de colindancia,
con corredores que dan vuelta hacia los otros tres lados. En el caso de las casas
más modestas la distribución es igual, sin embargo, por las reducidas dimensiones,
la fachada consta de una puerta con una ventana, En las calles angostas del centro
se puede observar el ritmo puerta-ventana a lo largo de cuadras enteras.
Se ubican la sala y las habitaciones de la familia alrededor del primer patio; entre
este y el de atrás, se localizan el comedor, la biblioteca y usualmente la cocina,
quedando ésta como espacio intermedio entre las habitaciones y las áreas de servicio.
Comúnmente tras la cocina se encontraba el huerto, el horno de adobe, las caballerizas
y las habitaciones para la servidumbre. Los espacios de la casa eran dominio de
las mujeres, quienes vivían dentro de sus muros, dedicadas a la crianza de sus hijos
y a los quehaceres domésticos.
El patrón de distribución descrito arrojó como resultado cierta homogeneidad en
fachadas y unidad en los paramentos de las calles por el ritmo regular de vanos.
El mismo patrón prevaleció durante cuatro siglos y la arquitectura habitacional
del centro histórico es un abanico de estilos, en el cual detalles y adornos barrocos
conviven con composiciones provenientes del Art Nouveau y del Art Déco, pero todo
sobrepuesto al ritmo y las proporciones tradicionales de los vanos y de la volumetría
horizontal. Una de las manzanas más íntegras en este sentido es la última cuadra
de la avenida Madero, antes de llegar a la plaza de Villalongín, en la que se aprecia
la horizontalidad y el proporcionamiento y ritmo de vanos.
|
|
|
|
|
|
En Valladolid, el principal material de construcción fue la cantería de tono rosado,
la cual se cubría originalmente con cal apagada para protegerla. Los muros de las
casas se construían de adobe o de piedra, que con frecuencia, sobrepasaban el metro.
Aunque en el siglo XVI los techos inclinados de viguería con teja eran comunes,
poco o poco fueron reemplazados por un sistema constructivo que se basa en la colocación
de losetas de barro horneado sobre vigas de madera, encima de la loseta se rellenaba
con tepetate para colocar otra capa de ladrillo. Este tipo de estructura podía servir
de entrepiso o de cubierta.
El elevado costo de mantenimiento de este tipo de casa, junto con los cambios en
estilo de vida y en uso de suelo, han llevado a que un gran número de casas sea
convertido en negocios ó bancos, proceso que en muchos casos lleva a la destrucción
de la estructura.
|
|
|
|
|
|